EL 30 DE MAYO
Hace 47 años, la noche del 30 de mayo de 1961, un grupo de hombres de arrojo y valor se lanzó a decapitar la más larga tiranía que habían soportado los dominicanos desde el nacimiento de la República. Las generaciones que han nacido tras aquellos acontecimientos tienen un escaso conocimiento de lo que significó ese acto en aquellos momentos en que la vida de cada ciudadano ñ hombre, mujer o niño ñ dependía y estaba sujeta a la voluntad de un gobernante de horca y cuchillo. La apertura democrática que ha tenido la Nación dominicana desde entonces hace borrosa la imagen de la dictadura de Rafael Trujillo para las nuevas generaciones que a duras penas comprenden la forma en que operó ese régimen opresivo que controló con el terror los actos más simples de la vida de los ciudadanos. Hoy es casi imposible pensar que un régimen pueda controlar lo que se puede leer, lo que se puede escribir, lo que se puede escuchar por radio, lo que se transmite por televisión, la intimidad de las cartas, del teléfono, de los aposentos, los medios impresos nacionales o extranjeros, lo que se enseña en la escuela y las universidades, quién puede trabajar y quién está obligado a vivir de la caridad, quién se puede casar y con quién, y hasta disponer de los hijos y las hijas de otro. La noche escura de la dictadura hoy es casi un sueño que se recuerda con desagrado, pero que quien no la vivió no logra entenderla plenamente. Los que participaron en aquella gesta sabían que arriesgaban sus vidas. Fue un puñado de escogidos. De la casi veintena de hombres, a penas sobrevivieron cuatro. Los demás fueron arrasados por la venganza de la familia y los esbirros de la tiranía. Pero la sangre de estos hombres que hoy venera la Nación abrió el surco que demolió toda la estructura de la dictadura. Los dominicanos nunca tendrán con qué pagar a estos hombres que lo arriesgaron todo, incluyendo la vida de parientes y amigos, para cumplir con ese deber que se impusieron por propia voluntad.



